Shoot'em all/ Visitando el Gugenheim
Lo primero que me gustaría aclarar es que mi mirada no es otra ante la arquitectura que la de un pobre freak incapaz de conmoverse con una obra de Tintoretto pero que casi llora con el final de Blade Runner o la biografía de Takejiro Onishi, es decir, jamás he tenido más interés que el obligadamente académico por ese concepto de "lo que debe ser admirado" que tan feliz hace a los que dicen que les gusta el arte. Sinceramente creo que esto no es demasiado positivo porque me lleva a no disfrutar de muchas oportunidades de visitar museos y sitios por el estilo cuando viajo pero, insisto, si tratara de pensar que me dice algo profundamente enriquecedor un cuadro de Bronzino o una pieza de Henry Purcell, estaría tratando de engañarme.
Hago la introducción para dejar caer de soslayo que, pudiera ser, que estuviéramos ante una nueva manera de entender el arte; creo que una parte de mi generación no ha sido enseñada a apreciar la obra artística del modo que se espera, y todo ello a pesar de los ímprobos esfuerzos y métodos que han auspiciado los diversos planes de enseñanza que hemos sufrido. Yo he recortado fichas, rellenado huecos en frases, he memorizado biografías, he hecho resúmenes (o sinopsis, según la nomenclatura al uso en aquel momento), me han llevado a museos, he sido magistralmente aleccionado en la enseñanza básica, la media y en el bar de la facultad sin que nada me haya convertido en alguien capaz de palpitar o, al menos, mostrar sentido interés por, digamos, la escultura de Ghiberti o la obra de Gutierre de Cetina. Supongo que este planteamiento ante lo artístico no tiene otro nombre que el de ignorancia, pero hete aquí que, creo, a veces los buenos salvajes como yo gozamos de alguna que otra ventaja con la que la Fuerza nos ha agraciado y ha conseguido condonarnos esa escasa sabiduría que tan poco prestos a visitar salas y galerías nos hace.
Cuando uno entra en la admiración del arte por la tradicional puerta de la enseñanza, lo primero que se aprende o sospecha si se es un poco listo es que el arte es un complejo sistema referencial donde todo va encadenado. Un profesor bastante lerdo que tuve en el instituto nos decía que no podíamos disfrutar del Renacimiento si no conocíamos al dedillo el desarrollo de la Edad Media. Tal planteamiento implicaba que cada obra, fuera la que fuera, que nos mostraba se veía inmersa en una cáscara de datos, fechas, referencias y explicaciones que no nos hacían más que contemplar, sin ir más lejos, el Doríforo de Policleto, como una pesadilla de cifras en lugar de cómo una obra de arte. Al final parece que la única intención de ese maltrato psicológico era someternos a la aceptación de unos cánones, que aprendiéramos a que en los museos no se debe pensar o hablar en voz alta y que supiéramos mantener la cabeza baja ante determinados logros de la sociedad a lo largo de la historia. El final del cuento es que tengo unas paupérrimas y dispersas nociones de todos esos periodos y estilos que tantas páginas ocupan en las enciclopedias.
Sin embargo esa inopia referencial me lleva a que soy capaz de emocionarme o analizar determinadas obras de arte cuando no trato de aplicar los criterios aprendidos y atiendo, más bien, a sensaciones menos culturalmente académicas y regladas. En la actualidad es difícil clasificar y establecer categorías para lo que se está haciendo en estos momentos, y eso quiere decir que disfrutamos de un "salvaje oeste" de la cultura donde -todavía- nos podemos permitir opinar o directamente escupir sin que venga San Telmo a fulminarnos. Supongo que ya habrá tiempo para que desembarquen los entomólogos a contarle las patas al bicho y decirnos si es un insecto o un arácnido. Quizá la forma mejor de contemplar el arte sea de un modo casi "kamikaze", fundiéndose en un amoroso jinrai con la obra artística.
Todo esto viene a colación de mi reciente visita al Guggenheim de Bilbao y la cierta desilusión que me supuso. Imagino que el tiempo en Rizoma y el trato con los rizomáticos me ha hecho idealizar la arquitectura y esperar más de ella de lo que realmente me va a ofrecer. Me figuro que el edificio de Gehry tendrá mas jugo del que un triste geek es capaz de exprimirle pero una vez que llegué, lo toqué y entré, percibí que si fuera un videojuego no le habría dedicado más de diez minutos y hubiera terminado por borrarlo. Ahora que casi han pasado un par de meses desde mi viaje, sigo sin saber muy bien si esa desilusión era fruto de que no sé decodificar bien el edificio, de que tanta foto y tanto reportaje en tv me hubiera hecho crear ideas preconcebidas o de que el edificio es una muestra física de eso que tanto se estila en la Nueva Economía: un infladísimo bluff. Entiendo que esta construcción es casi un edificio virtual. Su presencia en los media es un elemento a tener en cuenta cuando uno pretende mirar el Guggenheim. Pocos son los visitantes que se topan con él al dar la vuelta a una esquina y raro es el panfleto de hotel o la guía de viajes de Bilbao donde la joya de la corona no sea el trabajo de Gehry; parece como si esta ciudad no hubiera existido antes del museo.
La razón, creo, es que el Guggenheim es algo más que un museo: es la justificación y la vara de medir para lo que es "in" o lo que es "out" en Bilbao. Gehry no solo ha construido un edificio, sino que ha impuesto -quizá sin ser responsable- una intención sobre cómo debe "aparecer" la ciudad ante los viajeros o los que allí viven. Esa imagen que tanto me conmovió hace unos pocos años durante mi primera visita a Bilbao, con las interminables, oxidadas, semiabandonadas e inspiradoras estructuras de los Altos Hornos de Vizcaya o las encantadoramente sucias callejas del Casco Viejo, me da la impresión de que se intenta sepultar como la estampa de un pasado que ya no es "chic". Lo que ahora podemos esperar en Bilbao no es contemplar una ciudad de fábricas y obreros sino una ciudad pija, burguesa y de postal -eso sí, de diseño- como ocurre con San Sebastián. La nueva derecha necesita del diseño para no parecer lo que son y siempre han sido. Tendríamos que preguntarnos que se pretende con la arquitectura, si la contemplación o la acción. En mis torpes entendederas imagino que en determinadas construcciones es imposible la convivencia en igualdad de condiciones de ambos conceptos, pero algo me da en la nariz que esa no invitación a lo inesperado tiene algo de autocensura por parte del autor a la hora de coger los lápices. Supongo que para alguien que crea una obra con tantas repercusiones como un edificio una cierta limitación, y mucho más si se trata de un edificio público, estará presente en algún momento del trabajo, y eso es lo que me parece que crea una falta de sintonía con lo que algunos esperamos que nos proporcione la arquitectura.
Pienso en una construcción como en un programa de software lleno de resultados y soluciones pero que no permita que esos resultados lleguen de otra manera distinta a la que los programadores han especificado. Se me viene a la cabeza la Capilla de los Ángeles en Barcelona durante el Sónar y visualizo la luminosa nave llena de gente tendida en el suelo escuchando trip hop y ambient. Obviamente no era el sentido religioso que le preconizaría su arquitecto hace unos siglos pero el resultado era que el chill out nos ascendía tan cerca de Dios como los rezos que llenaran en el pasado sus altares.
No sabía que hacer dentro del Guggenheim, pero tampoco me apetecía hacer nada. A pesar de su apariencia externa de fuego artificial macizo, reconozco que ni el amigo que me acompañaba - otro techie- ni yo sentimos grandes ganas de pasar allí demasiado rato; todo era tan estilosamente compartimentado, predirigido, ampulosamente amable y tan poco dado a que alguien hiciera algo insospechado que sentimos que o hacíamos como el resto de la multinacional marabunta que por allí deambulaba, esto es, ver ordenadamente las exposiciones y pasar con devoción por la tienda del museo, o poco más se ofrecía como alternativa. Comprendo que en un sitio de tales características no van a dejar a nadie pulular a sus anchas, que el único que tenía derecho a eso era el señor Gehry cuando pergeñó el edificio, pero no deja de ser paradójico que una obra arquitectónica tan atrevida luego sea tan aburrida para alguien que no llegue dispuesto a cumplir con los ritos oficiales de visitar religiosamente el museo.
Tal vez lo que el Guggenheim necesite sea caer en el olvido, que se abandone a su suerte unos años, que sea saqueado y que, cuando nadie lo necesite, alguien tenga una idea brillante (o al menos distinta) sobre la manera de usarlo y contextualizarlo. Algo así como lo que ha ocurrido con el Hogar de la Misericordia, el antiguo Mercado de Abastos o Carmen Sevilla. A partir de ahora pienso que quizá deba aplicar a todo edificio por el estilo que vaya a contemplar aquel filtro que tanto ayudaba cuando se iba a comprar un juego de ordenador en la dorada época del MSX: los gráficos que salen en la portada de la caja poco tienen que ver con la realidad, y ese aterrador dragón que nos mira furioso desde el estampado del paquete se traduce a un simplón muñequito verde de pocos y gordos píxeles que escupe bolitas rojas y amarillas.
PD: advierto que los nombres de artistas que aparecen en el texto no tengo ni idea de a quién designan. Los he sacado de la Enciclopedia Encarta y los he elegido porque me hacían gracia los nombres. Esto lo aprendí haciendo trabajos en la Universidad y siempre cuela. =8-)